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Mientras observamos a dos seres vivos en comunicación, podemos designar a uno de ellos como “a”, y al otro como “b”. En un buen estado de comunicación, “a” enviaría un flujo y “b” recibiría; a continuación, “b” enviaría un flujo y “a” recibiría. A continuación, “a” enviaría un flujo y “b” recibiría. A continuación, “b” enviaría un flujo y “a” recibiría. En todos los casos, tanto “a” como “b” sabrían que se estaba recibiendo comunicación y sabrían cuál era y dónde estaba la fuente de la comunicación.
Muy bien, tenemos a “a” y a “b” frente a frente en una comunicación. “A” envía un flujo. Su mensaje atraviesa una distancia hasta “b”, que recibe un flujo. En esta fase de la comunicación, “a” es causa, y “b” es efecto, y al espacio que media entre ambos lo denominamos distancia. Es de particular interés que tanto “a” como “b” son seres vivos. Una comunicación verdadera se da entre seres vivos. No se da entre dos objetos, o de un objeto a un ser vivo. “A”, un ser vivo, es causa. El espacio que media entre ambos es distancia. “B”, un ser vivo, es efecto. Ahora la terminación de esta comunicación cambia los papeles. Al recibir una respuesta, “a” es ahora el efecto, y “b” es la causa. Tenemos así un ciclo que completa una verdadera comunicación. El ciclo es causa, distancia, convirtiéndose el efecto, a continuación, en causa, y comunicando algo, a través de una distancia, a la fuente original, que ahora es efecto, y a esto le llamamos una comunicación en dos direcciones.
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